1º Estación: Condenan a muerte a Jesús.
Señor, has pasado la noche encarcelado, solo, después de cenar con tus discípulos y darles tu Cuerpo de forma misteriosa, después del pavor de Getsemaní, después de que todos te abandonaran, después de la farsa de juicio nocturno… ¡Quién hubiera podido acompañarte
durante la noche y limpiar los escupitajos de los criados, aliviar el dolor de los puñetazos y suavizar las bofetadas de los guardas y de los jefes del pueblo! El odio los igualó en su maldad: el pueblo, los guardas, los príncipes de los sacerdotes. Y el odio sigue saliéndoles por los ojos. A los tuyos, tu maltrecha figura nos hace llorar, a ellos les empuja a gritar: ¡Crucifícalo! Jesús, te sigo con la mirada cuando te llevan a azotar, pero no soporto el ruido de los láƟgos y me tapo, cobarde, los oídos. Es demasiado el dolor, la humillación. Tú callas, como callaste ante la acusación injusta. Y, al final, yaces en el suelo desecho, derrumbado, vencido. Tu Madre me coge de los hombros y me lleva para que te vea. Ella llora y me abraza, porque quisiera abrazar a su Hijo. Tiemblo al pensar que yo tengo parte en lo que los hombres te hacemos sufrir. Cuando el centurión da la orden, te recogen y te llevan dentro: quieren prepararte para su espectáculo. ¿Tan duros de corazón somos?

2º Estación: Jesús carga con la cruz.
Nos llegan los gritos y las risotadas de los soldados, del otro lado del pretorio: ¡Ave, rexiudaeorum! Burlas e insultos, hasta que se hace el silencio. Cuando te vemos salir, nos tapamos la boca para ahogar el grito. Además de la pesada cruz, te han puesto una corona de espinas. Apenas veo tu rostro bajo la sangre. Ya no encuentro la luz de tus ojos, ni la esperanza de tu sonrisa y tengo que agarrarme al brazo de María para no salir huyendo. Ella me sostiene. Ella me sosiega. Ella sufre en silencio y a su alrededor el pueblo calla.

3ª Estación: Cae Jesús por primera vez.
He perdido a María en el tumulto. Puedo verla con Juan al otro lado de la calle. Jesús se dobla bajo el peso de la cruz. Tropieza en la calle y, al caer, lo aplasta la cruz. Se hace el silencio hasta que los soldados se acercan y, entre insultos y risas, te levantan. Tu mirada busca otros ojos entre la gente, unos ojos que te compadezcan, pero no los hay. Todas las miradas son de piedra. ¡Mírame a mí, Jesús, o mira a tu Madre! Queremos ayudarte a llevar la cruz.

4ª Estación: Jesús encuentra a su sanơsima Madre.
María no soporta más verte sufrir y, ayudada por Juan, se abre paso entre la gente. Un soldado les corta el paso, pero Juan con valentía le dice solo tres palabras: “¡Es su Madre!”. El soldado comprende, baja los brazos y la mirada y les deja pasar. María toma entre sus manos el rostro de su Hijo y le besa en la frente, hiriéndose ella también con las espinas. Luego se miran a lo hondo de los ojos. Es solo un instante, porque enseguida otro soldado, más brutal y con menos escrúpulos, la aparta de malos modos. Yo, hasta entonces quieto, me lanzo para defender a María, pero los soldados no dejan acercarme. Juan se la lleva pasando el brazo sobre sus hombros. Jesús ha cobrado fuerzas con este encuentro. Ha compartido el dolor con la única que lo comprende plenamente. Se incorpora y abraza la cruz. Los soldados se maravillan de su determinación.

5ª Estación: Simón ayuda a llevar la cruz de Jesús.
Simón y yo nos conocíamos desde hacía pocos años. Él acudía con sus productos a la ciudad y mi padre los compraba y los colocaba en el mercado. Lo vi aparecer en el hueco de la puerta de la ciudad y quedarse a un lado. Simón es un tipo robusto; por eso, tal vez, los soldados, impacientes por terminar cuanto antes, le obligaron a dejar sus cosas y ayudar a Jesús. Yo le había hablado de Él en alguna ocasión, pero nunca se había animado a escucharle. Simón protesta y alega que debe cuidar de su familia. Allí estaba su hijo Alejandro, el mayor de los dos. Él se hace cargo de las cosas de su padre. Jesús mira a Simón y le susurra algo en cuanto lo tiene a su lado. Luego me lo contó: un simple “gracias”. Pero a Simón, aquella mirada se le quedó clavada en el corazón y no pudo dormir en toda la noche.

6ª Estación: Una piadosa mujer enjuga el rostro de Jesús.
Seguimos a la comitiva y ya fuera de la ciudad, al doblar una esquina, aparece una mujer joven. Con un movimiento ágil se planta ante Jesús y le limpia la cara con un paño que llevaba al cinto. Lo he podido ver porque me he subido a los escalones que daban a la terraza de una
casa. De nuevo, un soldado interviene y la arranca de allí de un empujón. Y, de nuevo, el otro soldado se compadece, la recoge del suelo, la levanta, la mira y le dice: “Gracias, ¡escóndete!” Verónica -así se llama la joven- desaparece entre los aplausos de algunas mujeres y los insultos de algunos fariseos. La muchedumbre ya no está tan exaltada y cada vez parece más dividida ante la crueldad del desfile.

7ª Estación: Cae Jesús por segunda vez.
La gente se desparrama por las laderas. Los legionarios van apartando a los curiosos del camino y no advierten que Jesús se tambalea. Simón nota que Jesús se deja vencer por el peso de la cruz y, aunque quiere sostenerlo, no puede evitar que caiga sobre las piedras del camino.
Jesús no tiene fuerzas para parar la caída con las manos. Yace tendido en el suelo y apenas respira. Algunos creen que ha muerto. Dos soldados se acercan y le patean el costado para comprobarlo. Jesús gime de dolor e intenta levantarse. No puede. Entre dos legionarios lo
ponen en pie y lo sostienen. Reinician la marcha. No hay compasión. “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”, dijiste una vez, Jesús. Tú no la alcanzaste más que de unos pocos: de tu Madre, de algunos buenos hombres y de unas cuantas buenas mujeres.

8ª Estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén.
No sé cómo llegó Lucas a enterarse, quizás se lo contó María. Los que estábamos allí lo vimos. Lucas es el único que contó lo que Jesús dijo a unas cuantas mujeres camino del Gólgota. Está prohibido en nuestra religión que nadie llorara por un condenado. Si siempre se reunían algunas mujeres para llorar la muerte de algún conocido, como con la hija de Jairo, ahora no se podía hacer. Sin embargo, aquellas mujeres valientes desatan a la autoridad y lloran por Él. Jesús se detiene, las mira y les dice que lloren más bien por ellas y por sus hijos. Misteriosas y proféticas palabras. Y Jesús sigue su camino seguido de los malhechores.

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez.
No ha sido suficiente el consuelo que estas mujeres han dado a Jesús para infundirle ánimos. La gente se ha arremolinado ante el último repecho. Algunos fariseos y herodianos insultan a Jesús. Estoy en segunda o tercera fila y le grito a Simón que le ayude. Él me mira desesperado. Jesús se escurre entre sus brazos, cae de rodillas y se apoya en las manos. El soldado brutal se impacienta; le grita y le fustiga, pero Jesús no puede ya ni reaccionar. El soldado acaba por tumbarlo de una patada. Manda a otros dos que cojan a Jesús y lo arrastren hasta el lugar de la crucifixión. Detrás sube Simón con la cruz y los dos ladrones. Cierran el grupo cinco o seis soldados. María, Juan, María Magdalena y María de Cleofás van inmediatamente después, muy juntas, rezando.

10ª Estación: Despojan a Cristo de sus vestiduras.
A pesar de que es medio día, el cielo comienza a cubrirse. Se ha levantado un viento que arrastra las nubes. La tierra se prepara para recibir a su Creador y entonar su elegía. El soldado compasivo ha alzado a Jesús y le ha quitado el manto con respeto. Se lo da a un
compañero. Este lo parte en cuatro trozos y le advierte que no rasgue la túnica del reo, pues parece buena. “La echamos a suertes”, le dice. Yo miro a María, que está con las otras mujeres y Juan, al otro lado del semicírculo que formamos quienes asistimos a la ejecución de la condena. Cuando le quitan la túnica a Jesús, Ella abre los ojos. Está consternada ante el espectáculo del cuerpo de su Hijo hecho jirones: la sangre y el pus se mezclan con la carne abierta. “Como muchos se horrorizaban de él -tan desfigurado estaba, que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano- así él asombrará a muchas naciones” (Is. 52, 14-15).
No lo puedo soportar y bajo los ojos un instante. El mismo soldado se sorprende de que, estando así, Jesús siga vivo. Jesús tiembla de frío, como tembló en la noche de Belén, pero ahora su Madre no puede tomarlo en su regazo. Apenas unas telas le cubren las vergüenzas.
Así se presenta el que hace una semana aclamaban como el Mesías. Ahora su pueblo lo ha rechazado. La esperanza de la liberación de los romanos se ha disipado y Jesús no es más que un monigote, blanco de la burla y el escarnio de un pueblo enfurecido y agitado por sus
dirigentes.

11ª Estación: Jesús es clavado en la cruz.
Se acaban los miramientos. El soldado más rudo coge a Jesús por las axilas y lo echa sobre la cruz. Jesús se deja hacer: “No gritará, no chillará, no hará oír su voz en la calle (Is. 42, 2). Yo no me he rebelado, no me he echado atrás (Is. 50, 5)”, había dicho Isaías. Estas y otras palabras resonaban en mis oídos, pues en mi familia éramos buenos conocedores de la Escritura. Y empiezan los martillazos: uno, otro y otro más. A cada golpe se me encoge el corazón y parece que no me llega el aire a los pulmones. Jesús calla, no se queja, no se lamenta, no se retuerce. Acepta el dolor, todo el dolor. María se refugia en el pecho de Juan, que la abraza con cariño. Aquel buen soldado lo ha visto y baja la cabeza. Patea la maza después de que los otros hayan acabado con Jesús y antes de que empiecen con los dos malhechores.
Los soldados levantan la cruz y la plantan. Ahora pende Jesús de los tres clavos y cada respiración es una tortura. Y ahora también, cuando ya está cosido a la cruz, aprovechan los príncipes de los sacerdotes para acercarse, insultarle y escupirle. Parece que antes de que lo
crucificaran aún le tuvieran miedo y ahora desearían que Jesús se revolviera y les devolviese ojo por ojo, diente por diente. Pero Jesús, mirando a todos los que tiene delante: a los soldados, a los escribas y fariseos, a los sacerdotes, al pueblo, dice: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). Solo Lucas recogió estas palabras, a pesar de que Juan estaba allí.

12º Estación: Muerte de Jesús en la cruz.
Para coronar la ejecución, un soldado ha clavado un letrero en lo alto de la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Jn. 19, 19). Está escrito en hebreo, latín y griego. Los pocos jefes de los israelitas que quedan protestan, pero el centurión les manda callar.
Pasan las horas lentas y grises. Casi todo el mundo se ha ido. El grupo que rodea a María se ha acercado a la cruz. Juan, que me conoce porque es amigo de mi hermano mayor, Marcos, me coge del brazo y me une a ellos. María avanza decidida unos pasos y Juan con ella. Mientras, oímos que uno de los ladrones grita al otro que se calle y pide a Jesús que se acuerde de él cuando esté en su reino. Pero, ¿no
se da cuenta de que ha acabado todo? Algo intuyó aquel pobre hombre porque Jesús le contestó: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23, 43).
Ya está María al pie de la cruz. Jesús se apoya sobre el clavo de los pies para respirar e intenta hablar. Nosotros, un poco más atrás, no lo oímos, pero después nos lo contó Juan. Con un hilo de voz le dice a su Madre: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Después le dice al
discípulo: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn. 19, 26).
Jesús parece vencido, pero de repente levanta el rostro y dice: “Tengo sed”. El buen soldado, que había dejado acercarse a María y a Juan, coge una esponja de las que usaban los legionarios para calmar la sed, la clava en una caña y se la acerca a la boca. Apenas ha sorbido
un poco, dice Jesús con una gran voz: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc. 23, 46). Y muere.
Lloramos desconsolados, desamparados. ¿Qué haremos ahora? Instintivamente nos acercamos a María. La tierra comienza a temblar, truenos y rayos salen de las negras nubes. El espanto y el pavor se apoderan de todos, pero María nos pide: “¡Quedaos aquí conmigo!”. El centurión se
acerca a María antes de irse y dice: “Verdaderamente este hombre era justo” (Lc. 23, 47). los demás huyen: soldados y mirones. Nos quedamos en torno a María.

13ª Estación: Desclavan a Jesús y lo entregan a su madre.
Al poco rato, llegan José de Arimatea y Nicodemo, conocidos por todos, pues son principales entre los sacerdotes. Los acompañan unos guardias para certificar la muerte de Jesús. Para salir de dudas, le clavan una lanza en el costado y, al instante, brota “sangre y agua” (Jn. 19, 34). A los ladrones, aún vivos, les quiebran las piernas para que se asfixien, como ocurre enseguida. Deseo que Dimas -así dice un cartel que se llama el reo- esté de verdad con Jesús. Unos criados de José traen escalas, tenazas, lienzos y ungüentos. Me presto a ayudarles, sujetando una escalera. Cuando va a subir uno de los criados, José le para y le dice que lo quiere hacer él. Con sumo cuidado asciende por la escalera, con un sudario en la mano, hasta que está cara a cara con Jesús. Con unas tenazas le quita el espino y envuelve su cabeza con el paño. La corona de espinas cae al suelo. Nicodemo la recoge con cariño. José le quita un clavo y luego el otro. Nicodemo el de los pies. Con delicadeza, lo bajan de la cruz y, envuelto en una sábana, se lo ponen a María en el regazo. Ella llora, le quita el sudario y lo besa. Apenas le oigo decir: “Jesús, mi Jesús, mi niño”. María Magdalena le limpia el rostro y le dice a la Madre que deben irse. Ella asiente. Ponemos a Jesús en una camilla y seguimos a José, en silencio, en silencio.

14ª Estación: Dan sepultura al cuerpo de Jesús.
A los pies del Gólgota hay un huerto y allí una zona de enterramientos, como tantas otras alrededor de Jerusalén. José de Arimatea tenía preparado su propio sepulcro, excavado en la roca. Un criado sostiene dentro una tea. Primero entran María, Nicodemo y la Magdalena. Juan
y yo llevamos la camilla. Detrás llegan otras mujeres. Nos apretujamos todos. Nadie quiere irse de allí sin cumplir un último servicio al Maestro. Los criados extienden un lienzo sobre la fría piedra. Ponemos sobre ella el cuerpo de Jesús, con, con ternura. Nicodemo apremia a los criados: “Traed los paños”. Tiende uno a María, los mojan y limpian despacio el cuerpo de Jesús. María llora otra vez. Quizás le recuerde los momentos en que lo bañaba cuando era un niñito. Después, Nicodemo destapa el frasco de ungüento, unas cien libras de una mixtura de mirra y aloe. Las mujeres embalsaman el cuerpo de Jesús y lo envuelven en el lienzo. Cuando todo está acabado, salimos y los criados corren la pesada piedra que tapa la entrada del sepulcro.
José y Nicodemo quieren llevarse a María a su casa, pero yo le digo a Juan que estará mejor en la mía, donde cenó Jesús con sus discípulos por última vez. Era menos conocida y más discreta.
Ellos acceden y nos acompañan. Después se despiden de María rogándole que les pida lo que necesite. Juan y María entran en mi casa cuando ya casi ha anochecido. Mis padres la abrazan y le preparan un aposento.